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MOMBAÇA I: ALGUNAS IMÁGENES

rEVISTA MOMBAÇA 1
MOMBAÇA I, la portada. Forografía de Béllica

Jean-Claude
Jean-Claude




Enrique Rivas
Enrique Rivas




María Maza
María Maza



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MOMBAÇA I: Guía de publicaciones psiconáuticas

La creatividad, como grafía de la locura, aparece en muchas ocasiones de la mano de los estados modificados de la consciencia. Al fin y al cabo, la inspiración no constituye más que una reacción química en el cerebro, ilógico baile de neurotransmisores alterados. El atajo de las sustancias, en algunos casos portal de acceso a dimensiones superiores de conocimiento, ofrece al artista de cualquier disciplina la posibilidad de permutar el punto de vista, de extraer al elemento retratado de su contexto habitual para lograr su objetivo de emocionar al lector, espectador u oyente, el receptor del mensaje. La materia prima siempre es la vida, y en ella las drogas, aunque prohibidas —o quizás precisamente por ello—, juegan un papel importante. Hay quienes, en estado de sobriedad, dan cuerpo a la inspiración drogada, otros prefieren ser fieles al momento y no mancillar de abstinente templanza su obra. Y, por supuesto, quienes no consumen nada para escribir pero se basan en lo experimentado en sus episodios psicoactivos. A continuación, mencionaré algunas de las publicaciones periódicas dedicadas al noble arte de pasear por el intelecto con la ayuda de visionarios potingues.

Enteogenia, revista libre de cultura y estudios psiconáuticos, publicada por la madrileña editorial Amargord y dirigida por un servidor, abarca todos los aspectos relacionados con la navegación por la mente en compañía de sustancias psicoactivas, con un amplio apartado dedicado a la cultura y el arte. Se trata de una publicación trimestral a todo color con contenidos como «Manifiesto psiconáutico», «Efectos subjetivos a corto plazo de tomas de ayahuasca en contexto occidental urbano», «La búsqueda de la efedra», «Boom Festival 2006: psicodelia multidisciplinar», «Soliloquio con Truman Capote», etc. Se puede encontrar más información y suscripciones en su página web:



[debido a un cambio en la página web de Amargord
este link sólo conduce a la web de Amargord,
el link original era
http://www.edicionesamargord.com/revista-drogas.html ]


Por su parte, la Societat d’Etnopsicologia Aplicada i Etudis Cognitius, dirigida en Barcelona por el doctor Josep Maria Fericgla, edita un Boletín informativo, de periodicidad anual, centrado principalmente en la promoción del estudio de los enteógenos aplicados en el crecimiento personal, la práctica terapéutica y los rituales chamánicos de iniciación. Su página web es la siguiente:





Sin salir de Barcelona, el número 28 de la revista Archipiélago, pergeñada por la editorial del mismo nombre, incluye un interesante monográfico, titulado «Drogas: substancia y accidente», con prestigiosas firmas como la de Thomas Szasz, Jonathan Ott, Juan Carlos Usó, Antonio Escohotado o Henri Michaux, entre otros. Su página web:




La tristemente desaparecida revista Interzona, reconvertida en colectivo que ahora escribe libros, amén de otros interesantes menesteres, en la que tuve el privilegio de participar, dedicó cuatro cuidadísimos monográficos a diferentes sustancias, a saber: éxtasis, psiquedélicos, cannabis y ketamina. De precioso formato y excelente calidad de papel, su desaparición la ha convertido en auténtica rareza y a algunos de sus números en joyas de coleccionista. Entre sus autores, emblemáticas figuras del mundillo como Fernando Cruz, Eduardo Hidalgo, José Carlos Bouso, Fernando Caudevilla, Alejo Alberdi, Josep Rovira o Juan Carlos Usó. Editada por ABD (Asociación Bienestar y Desarrollo) y la ONG Energy Control, su último número vio la luz en la primavera de 2004.

El monográfico sobre «Visionarios. Ebriedad, sustancias y plantas de poder: Reflexión y creatividad» de la revista cultural El Idiota, compendio de extensos artículos sobre el tema, constituye un auténtico libro, coordinado por José Carlos Aguirre, dividido en cuatro apartados: reflexiones, llaves, diálogos y visiones. Michaux, Huxley, Jünger, Roszack o McKenna son sólo algunos de los pensamientos analizados, con autores de la talla de Sánchez Dragó, Juan Carlos Usó, Cristóbal Cobo o Javier Esteban.

Por su parte, la prestigiosa editorial La Liebre de Marzo edita una revista anual, Ulises, dedicada a los viajes interiores, tanto con sustancias como sin ellas. Música, arte, literatura, psicología transpersonal, meditación o yoga son sólo algunos de los aspectos tratados en la profundidad de sus páginas. Se pueden consultar los índices en:




En la misma línea se sitúa la publicación internacional Eleusis, dirigida por Giorgio Samorini y Jonathan Ott, en inglés e italiano.

Otro apartado que merece consideración es el de las revistas cannábicas. Cáñamo, Yerba (edición española de la revista High Times), Spannabis y Soft Secrets centran sus contenidos principalmente en todo lo relativo a la planta de marihuana, aunque no faltan interesantes incursiones en los andurriales psiconáuticos.

En Bogotá hay una publicación cuyo nombre lo dice todo: Visión chamánica, con especial énfasis en la medicina tradicional indígena:




Asimismo, Takiwasi, editada en el centro peruano de deshabituación del mismo nombre, contiene diversos artículos sobre chamanismo y enteógenos. Su subtítulo resulta muy revelador: «Usos y abusos de sustancias psicoactivas y estados de conciencia». Y no podemos olvidar, por último, la Enciclopedia Cósmica, editada por Nativos Media, sobre psicodelia, música, chamanismo y literatura.



Ya más centrada en la música, sobre todo la escena psy-trance y sus numerosos festivales, encontramos la alemana Mushroom, edición bilingüe en inglés y alemán para los apasionados por el uso lúdico de enteógenos.




Aunque el número de publicaciones no resulta elevado, podemos encontrar una demanda cada vez mayor de información sobre sustancias desveladoras de la consciencia, lo cual permite un halo de optimismo de cara a una futura apertura legislativa que permita la experimentación científica que ciertamente merecen unos compuestos capaces de despertar al dios que todos llevamos en nuestro interior. Por mi parte, espero que así sea. Salud, y buen viaje.



Igor Domingo Sacristán



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MOMBAÇA I: Michaux y la mescalina: Conversación con Lucien Benoit

En Alcalá de Henares, lejos del centro, en una pequeña casa con excéntricos muebles de madera en el porche, vive desde 1983 el escultor belga Lucien Benoit... «Me gusta vivir aquí, lejos de las aglomeraciones de las ciudades», dice al darme la mano. «Madrid es un infierno, un pastel de cabezas, ¡mira los rostros, hay gente viva leyendo la publicidad de Coca Cola!». Benoit lanza este discurso apenas abrir la puerta; las paredes de la casa están llenas de pinturas, fotografías, tallados de madera … Me pregunta si me gusta el arte actual, a él no: «Nos vanagloriamos de haber aceptado “la diferencia”, el cualquier cosa es válida domina todos los campos estéticos, ¿cómo ser “otro” en esas condiciones?. Las escuelas de arte se mueven hacia el academicismo, pero no siempre fue así. Puedes desnudarte o gritar hasta la extenuación, da igual, ¿quién lo escucha?, ¿quién esta dispuesto a compartir ese grito?»

Habla rápido y cambia de tema constantemente. «Nos gusta consumir estética, nos gusta que las cosas no tengan fondo, si vas a un museo y criticas una obra de dos muñecas amarradas a una cacerola te dicen que eres un carca y un conservador de mierda, entonces ¿de qué estamos hablando?, se ha puesto difícil dar una opinión que no sea complaciente; y después se preguntan por qué nadie “entiende” el arte actual». Benoit tiene una energía fuera de lo común, habla con mucha convicción pero sin moralinas; prefiere utilizar una broma a un argumento. Es imposible dar cuenta en este espacio de un encuentro que se prolongó más de 3 horas; intentaré reconstruir lo mejor que pueda la conversación que tuvimos sobre Henri Michaux, poeta y pintor belga, uno de los primeros en documentar sus experimentos con alucinógenos en la década de los 50.

«Me ayudó mucho, fue muy importante su amistad en esos años». Benoit conoció a Michaux en el verano de 1954 en París, a través de una amiga común, que llevó al escritor a una representación «improvisada» por el grupo de Benoit —Los cinco doctores—, en un café del centro. «Yo era actor de teatro, estaba loco, me obsesionaba la idea de trabajar en la calle, tenía 20 años. Lo abrumé con preguntas y cuando supo que éramos de la misma ciudad [Namur, Bélgica] me dijo que lo buscara si regresaba a París». Meses después, Benoit se separó del grupo y vivió en casas de amigos con muy poco dinero, entonces buscó a Michaux: «No sé por qué hay una leyenda negra a su alrededor, he oído gente que lo describe como un misántropo, como un hombre antipático e inaccesible; todo eso es una tontería. Evitaba la mayoría de los corrillos literarios y no le gustaba ser fotografiado [las únicas fotografías que se conservan fueron hechas por Gisèle Freund, Brassaï y Claude Cahun], pero eso no convierte a nadie en un antisocial. Su relativo aislamiento debe interpretarse como una manera de mantener la cordura en la búsqueda, creo yo, como una forma de no dejarse consumir por las modas y los caprichos de los críticos y el mercado».

Michaux probó la mescalina el mismo año de 1954. Jean Paulhan le proporcionó la sustancia a él y a un grupo nutrido de artistas y escritores franceses entusiastas de la experimentación con alucinógenos. Años después, con muchas experiencias acumuladas, dedicó a la mescalina los siguientes libros: Miserable milagro, El infinito turbulento, Paix dans les brisements, Conocimiento por los abismos, Las grandes pruebas del espíritu y Vers la completude, además de muchos poemas y ensayos sueltos. Son importantes también sus pinturas, que se dividen en pre-mescalínicas, mescalínicas y post-mescalínicas.

«Algunos psicólogos estaban utilizando mescalina y LSD, pensaban que podían ser útiles en el tratamiento de pacientes con esquizofrenia y otras enfermedades mentales, para muchos artistas era una forma de “sufrir” en carne propia la locura o la revelación divina. A Paulhan le daba mescalina un psiquiatra español, Julián de Ajuriaguerra, y él la repartía entre sus allegados. En principio se organizaron tomas en grupos muy reducidos, sin hacer ningún tipo de publicidad o proselitismo, no me enteré del asunto hasta diciembre del 55, mi primera toma fue el día de año nuevo y los efectos tardaron casi 2 días en desaparecer, fabriqué miles de figurillas de papel en esos dos días. Michaux y otros me habían hablado de la velocidad y las cataratas de color pero mis sensaciones fueron muy diferentes, experimenté una lentitud total, un cansancio aplastante. Por momentos tuve la certeza de que había muerto y estaba en un espacio intermedio entre el mundo y el absoluto. Después de eso abandoné el teatro, ya no me sentía cómodo con la idea de interactuar con “un público”, sé que fue la decisión de un chico romántico pero no me arrepiento, porque sólo entonces me dediqué de lleno a la escultura».

«No creo que los alucinógenos nos lleven porque sí a un “estado místico”. Nuestra reacción a ellos está condicionada por las circunstancias sociales, y nuestro carácter, por supuesto. Hoy en día se comen tripis para ir de fiesta, el uso recreativo está institucionalizado, son pocos los que ven demonios o cambian de trabajo. La cuestión de la creatividad en estados alterados de conciencia es falsa en mi opinión; no se es más o menos creativo cuando se toma una droga, las experiencias que tuvimos yo y muchos artistas de mi generación están condicionadas por nuestras propias búsquedas. El error de intentar reproducirlas ya fue cometido por los psicólogos que estudiaron los alucinógenos en el pasado, buscaban recursividades, sucesos que pudieran inducir una y otra vez repitiendo las mismas condiciones».

«Michaux en El infinito turbulento describe una serie de experiencias muy diferentes entre sí, quizás la obsesión de la velocidad sea el único punto común, pero eso no significa mucho porque la velocidad fue uno de sus temas siempre, antes y después del período mescalínico».

«Sin duda, los dibujos son más “importantes” que los textos, Michaux prácticamente había dejado de escribir después de la muerte de su esposa. Lo más significativo está en Conocimiento por los abismos, es el libro más profundo, pero los dibujos; esos son verdaderos milagros, sacudidas, los trazos de fuerza pero volubles, ágiles, medidos, repetidos, una visión».

«En febrero de 1956 participé en una toma de mescalina junto a Jean Paulhan y Henri Michaux (que me había invitado)». Benoit llevó un diario la mayor parte de su vida, los cuadernos son una combinación de dibujos y texto que bien valdría una publicación. No tuvo reparos en que los revisara para contrastar las fechas de algunos episodios aquí narrados. «Era un caserón enorme en las afueras de París. Había toda clase de materiales de dibujo preparados si queríamos utilizarlos. No puedo decir mucho sobre lo ocurrido porque la droga me pegó un golpe muy fuerte; tampoco recuerdo lo que hicieron los demás. Días más tarde, cuando volví a ver a Michaux, teníamos una extraña confianza, la diferencia de edad se había desvanecido en parte, no es que hubiera dejado de respetarlo, pero compartíamos algo diferente; una sensación parecida al orgullo siempre unida a la certeza de que ese orgullo servía de poco, como si hubiéramos recibido algo por unos momentos y no sirviera de nada intentar recuperarlo…»

«No soy la persona indicada para hablar de los libros, no me gusta escribir y aunque fui muy aficionado a la lectura ahora no lo soy tanto». A pesar de decir esto, Benoit me mostró las ediciones originales de todos los libros de Michaux sobre la experiencia visionaria.

Michaux experimentó con libertad, sin juicios morales ni alegatos para cambiar el mundo. Esa escritura es el caos sensorial y psíquico que produce el viaje interior. Esto lo diferencia claramente del grupo de autores anglosajones que promovió el movimiento hippie. Siempre fue muy escéptico sobre la posibilidad de cambiar el sistema o las formas de pensar establecidas, esa clase de cosas no parecían preocuparlo… Los experimentos de Michaux no tenían un fin pre-establecido, él nunca se preocupó del lugar a donde iba a llegar con ellos, lo importante eran los acontecimientos de la experiencia, y los dibujos y poemas forman parte de ella, no la “representan”»

«Pensaba que Las puertas de la percepción, el libro famoso de Huxley, era realmente malo. En cambio, creo que apreciaba sinceramente a Allen Ginsberg, y fue uno de los primeros “franceses” que se interesó en la que más tarde llamarían poesía beat»

Benoit es inagotable, hablar de arte con él es de no acabar nunca. «Vuelve cuando quieras, trae la revista, el laisse faire es lo más conservador que existe, no lo olvides, después del tío que pone una cagarruta de mono en una galería vendrán los pintores de vírgenes»



Jorge Páez

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MOMBAÇA I: HOMO VIATOR: Pasajes a través de relatos y representaciones de viajes bajo influencia

La literatura, el viaje y el fármaco aparecen indisociablemente unidos desde la más remota antigüedad, atravesando todo el fondo folclórico y mitológico, inscribiéndose en la primera construcción literaria conocida. El poema de Gilgamesh: viaje del rey de Uruk a la estepa donde mora Enkidu, amistad de ambos, viaje al bosque de los cedros donde vencer a la serpiente Khunbaba, muerte de Enkidu y miedo a la propia finitud; es allí donde comienza la verdadera búsqueda, la de la planta psicoactiva que existe en el fondo del océano (de la muerte) y que regala la inmortalidad a los hombres. Evidente por esperable, fracaso de la búsqueda: el sueño, el ensueño que rodea a este vegetal, adormidera, es aprovechado por la serpiente para devorar el fármaco de la eterna juventud.

La literatura de estos viajes nos lleva al más allá, bajadas a mundos infernales, a realidades terribles, a otros planos de existencia, geografías drogadas y psicogeografías. No exploraremos aquí las conexiones entre estas descripciones y sus modelos narrativos y los imaginarios de las culturas chamánicas (Furst) e incluso su evidente presencia en los relatos míticos de la Antigüedad, desde la mencionada epopeya mesopotámica al viaje homérico o al retorno al futuro del Apocalipsis bíblico (Graves).

El viaje apocalíptico es un ejemplo único de metaliteratura. El tránsito se produce sin desplazamiento; su sujeto se precipita en el éxtasis del tiempo a través de la ingestión de un peculiar fármaco: «Fui pues al ángel, pidiéndole que me diera el libro. Y me dijo: Tómalo, y devóralo, que llenará de amargura tu vientre, aunque en tu boca será dulce como la miel» (Ap., 10,8). Escena representada una y mil veces en la iconología religiosa como una ingestión muy poco metafórica. Ese libro contiene justamente el relato de su viaje y de la destrucción futura, su ingestión permite el tránsito de la realidad a la visión, el viaje astral o interior hacia una realidad que, como demostró Citati, es fundamentalmente libresca, intertextual: un viaje literario en el interior de la Biblia, un recorrido por sus imaginarios.

La vida como navegación y los peligros de la travesía homérica, esa es la gran metáfora que no abandona estos campos de escritura. Navegación sin cabotaje, con ese locus central, punto de no retorno, que es sin duda la isla de Circe, poderoso no-lugar, pliegue de una narcosis dimensional inmune al tiempo, estanque donde las aguas de Heráclito fluyen detenidas. El fármaco puede ser origen del viaje o estratagema en su interior (como el extraño vino ofrecido a Polifemo), puede ser su búsqueda o su peligro. El remolino Caribdis, con toda su violencia, no es más que una anécdota en el viaje, una suerte de maleta extraviada por Iberia. El verdadero problema son los ensueños de nepente de esa isla misteriosa, fármacos del olvido y del reposo.

En esas narraciones y a través de otras muchas (las pócimas del sueño de Medea, los bebedizos de Dido, o los ungüentos de los cuentos de Luciano de Samósata), se configura una geografía fantástica, que se trasladará durante siglos a una cartografía, imago mundi, de carácter farmacológico. Una visión animista, iniciática del cosmos, con sus árboles del bien y el mal, sus ríos infernales del olvido y la memoria (Leteo, Estigia), fuentes de la inmortalidad, jardines de las Hespérides, paraísos de la reina Sibila... El relato del viaje inventa el mundo, con, mediante o, incluso, a través del fármaco. La palabra escribe en los confines de la terra incognita utopías ontológicas y otorga señoríos generosos al olvido, a la inmortalidad, a la euforia. En la distancia que el viaje ofrece, una planta, un bebedizo una redoma son metonimias del sentimiento humano.
Literaturas medievales de la aventura, de la quête. Dejar el espacio de la corte y salir al mundo: el roman, monumento al error, resume la posibilidad de hacerse caballero a través del viaje y ascender socialmente. Metáforas químicas para expresar los complejos juegos de equilibrios a los que está sometido el cosmos, balanzas de fuerzas invisibles con las que debe interactuar el caballero. Así, la búsqueda iniciática del amor de Tristán atravesada por la parafarmacia gaélica (los filtros de la madre de Iseo) que es a un tiempo la búsqueda terapéutica del remedio que cure del envenenamiento físico y existencial que le posee. Y otras búsquedas menores, la de los fármacos milagrosos con que la nobleza europea sueña con recomponer los cuerpos heridos por la guerra o aquélla de las persecuciones de las fuentes del amor y el desamor de la literatura pastoril.

Y, entre ellos, el prodigioso viaje lunar que describió Ariosto en el Orlando Furioso, donde Astolfo encuentra el archivo químico en que los selenitas parecen guardar todas las cosas que se pierden en la tierra y, desde luego, la razón de un enloquecido Orlando, precioso líquido destilado en una ampolla. En ese rastro en que parece haberse convertido la Luna, todo aquello de inmaterial y de abstracto que concierne a la vida humana se materializa en la forma de líquidos preciosos: «Lloro, suspiros férvidos de amantes;/Las horas que en los vicios se enajenan;/El tiempo inútil de hombres ignorantes;/Locos designios que la mente apenan,/Y los vanos deseos pululantes,/La mayor parte de aquel sitio llenan:/En suma, todo cuanto aquí perdimos,/Lo podremos hallar, si allá subimos».

Y arquetipo de estos viajes iniciáticos y psicotrópicos debemos mencionar la búsqueda de todas las búsquedas, la Quête du Saint Graal. A pesar de la multitud de interpretaciones que lo rodean, y pese a una cierta tendencia a entender este misterioso objeto desde una perspectiva exclusivamente religiosa y desprovista de articulación material —¿y cuándo el fármaco no estuvo traspirado completamente por lo religioso? (Escohotado)—, es indudable el carácter farmacológico de esta arquitectura textual, prodigio que mueve genealogías mitológicas de personajes, artefacto capaz de la curación y el éxtasis, enteógeno que es sangre de Dios y Dios a un tiempo. Una vez más, el viaje físico es químico, el viaje real es literario, la búsqueda es la metáfora de la búsqueda, la quête es su discurso (Torodov).

Viajes iniciáticos que posteriormente serán las Crónicas del descubrimiento, traspasadas, atravesadas por la fascinación ante la farmacia indígena, que generarán discursos de ida y vuelta en sus metrópolis e insondables polémicas, como la que se desarrolla en la primera mitad del siglo XVII en torno al Tabaco. creando flujos circulares trasatlánticos que cristalizan en imágenes hermosísimas de hordas de ebrios apóstatas voladores de la pluma de jueces europeos: «Asegura De Lancre que varios viajeros ingleses llegados a Burdeos por mar habían visto dirigirse hacia Francia tropas de demonios [...] pues como los misioneros enviados a las Indias, al Japón y a otras partes habían logrado grandes éxitos, los demonios expulsados por aquéllos se habían visto obligados a emigrar, encontrando campo propicio en aquella tierra abandonada» (Escohotado).
El viaje es desde luego también su miedo, a que este transforme el lenguaje de la comunidad, a que la visión, la química del mundo, introduzca cambios fundamentales en su estructura. Es el pánico de las estructuras de poder a la emigración ilegal de las ideas, al potencial subversivo de las búsquedas y las investigaciones en la conciencia y en sus limitaciones. El viaje es además huida, gimnasia de disconformidad ante un estado de cosas, deseo de salir del siglo y de moverse fuera de él.

Toda esta mitología bajo influencia cifra históricamente estos movimientos, los éxodos del hombre: el tránsito de la estepa a la ciudad en Gilgamesh, del nomadismo a la agricultura (Gil Bera); del comercio helénico y la expansión de los pueblos antiguos en el mediterráneo; de la necesidad de la guerra externa y codificada para la baja nobleza medieval (Köhler); del nacimiento de las rutas comerciales en la Edad Media tardía y en el Renacimiento. La literatura aparece como laboratorio de la historia, sintetizando sus preparados, sublimando los discursos, donde las problemáticas del ahora se transforman en proyectos utópicos que inscriben en su interior el movimiento como un síntoma y la pócima como una promesa.

Pero debemos situarnos ya en un espacio distinto, en un punto de inflexión en esta tradición. No mencionaremos aquí el discurso ilustrado sobre la botica y sus trasiegos, recorridos, tránsitos (González Bueno), y nos desplazaremos ya hasta los inicios del capitalismo industrial, la modernidad decimonónica. El viaje y sus articulaciones se repliega hacia los sujetos, se libera de su proyección colectiva: el individuo aislado en su desplazamiento, en su peculiar aprendizaje de lo anónimo. El periplo se hace íntimo, interior e incluso ya no se hace.

Es el momento de la emergencia de mercados coloniales y del opio, láudano, éter, nepente y hachís, de la mercantilización de la farmacia y de su consiguiente visibilización en una publicidad del fármaco que acompaña el nacimiento de los «remedios prodigiosos». La servidumbre del trabajo demanda una nueva generación de tónicos y píldoras que consume el proletariado para soportar su explotación al tiempo que se extienden sus usos para paliar el spleen en capas más acomodadas (Escohotado), hastiadas en el sopor de una política del aburrimiento (Steiner). Ello configura una novedosa búsqueda del olvido (Davenport-Hines) que sustituye los anteriores proyectos farmacológicos de transformación del mundo y que acaba en un práctico olvido de la búsqueda.

Desde la Inglaterra de De Quincey al París de los haschichins se prepara entonces, se articula, una moderna novela de viajes, un roman que utiliza los hallazgos de la literatura romántica del misterio, anticipa, prepara e investiga la subjetividad como fábrica del yo y emplea los mejores hallazgos poéticos de las tradiciones utópicas. Una narración distinta, una moderna mirada sobre el yo, trabajos de la novela interior, pensamiento que concibe el alma como una extensión todavía incognita: «Tras la senda abierta por Coleridge se inaugura un género literario específico que es el del viaje interior —la excursión psíquica propiciada por algún psicofármaco distinto del alcohol-—» (Escohotado).

El banquete ritual de dawamesk servía de Invitation au voyage hacia los abismos del yo. Paraísos artificiales que se configuran último horizonte excitante en un mundo cada vez más aburrido. Pero el movimiento interior genera, corresponde, las nostalgias de movimientos más físicos, corporales. En el tráfico de discursos con que se saldan las primeras descripciones literarias de la ebriedad interna, se dispone un nuevo proyecto de viaje o, mejor, una nueva mirada sobre lo viajable. Al igual que la propia interioridad se ha revelado como un espacio fascinante a explorar, la realidad más próxima pasa de pronto a sentirse como algo interesante: a la vuelta del viaje, Ítaca parece haberse transformado y, de pronto, las ciudades industriales devienen máquinas en movimiento, océanos humanos donde navegar (Benjamin). Passantes, flâneurs, men of the crowd, nuevos imaginarios del viajero en las entrañas de la poesía del capitalismo, articulados no en vano por Poe y Baudelaire.

La ciudad como océano, el texto como laberinto: aprendizajes, souvenires, la fascinación por la masa urbana en movimiento. Hasta los tiempos de los modernos Ulysses, las tribus de poetas vagarán cantando sus transformaciones como en otro tiempo al mar. Alcohols de Appollinare: la ciudad como caligrama, el texto como caligrama, el caligrama como viaje. Nuevas rutas del discurso, nuevos itinerarios, una cartografía nueva, y así el indescriptible mapa del océano de Lewis, una escritura traspasada por el viaje, una escritura que es en sí misma viaje, textos en movimientos atravesados por el fármaco, escrituras del yo y de la droga. Dibujos y protocolos del primer teórico de estos imaginarios —Benjamin— que nos acompañarían hasta las grafologías mescalínicas de Michaux saludado como el último de sus conformadores (Milner).

Los movimientos del viaje son pendulares y se invierten. En el tránsito entre las dos guerras mundiales reaparece el viaje físico revestido de una nueva épica aventurera. El viaje de la droga pasa a ser sustituido por un viaje en busca de la droga. Los territorios vuelven a ser los mismos escenarios de la América precolombina, o sus últimos resquicios, lo que queda de ellos (Escohotado).
Se produce un redescubrimiento nostálgico de la farmacología indígena y de sus potentes vegetales visionarios. Antropólogos occidentales se desplazan al interior de sus junglas y son iniciados en los ritos del peyote, la mescalina o el yagé. En 1936, Artaud convive con los Tahumaras. Tras los descubrimientos de Hofmann se intensifican los viajes y vemos cómo lentamente se produce una masificación de los mismos. Acuden así Gordon Wasson, Robert Graves, Castaneda, Miguel de la Cuadra Salcedo (Usó Arenal) en una peregrinación en la que acaba sorprendiendo no haber encontrado a Paulo Coelho.
Desde la contracultura americana se realizan nuevos planes de viaje, que en ocasiones también nos llevan a la América indígena. Hippies y beats articulan un proyecto de vida basado en la errancia, con sus propias peregrinaciones rituales a los santuarios de Tánger, Afganistán, Thailandia o Ibiza. Pero antes de que la psicodelia y sus fármacos expansivos se imaginasen como las tecnologías que cambiarían en mundo, encontramos a William Burroughs agotando el mapa, flaneando los bajos fondos de Nueva York, recorriendo Marruecos y media Europa. En Junkie (1953), ese texto que es réplica de las Confesiones de De Quincey, la búsqueda de la identidad en la carretera del exceso que, según Blake, llevaría al palacio de la sabiduría se agota en la finitud de las mercancías posibles. El final de Junkie nos remite a su segunda parte, The Yage Letters: «Decidí ir a Colombia a buscar yagé. Bill Gains se ha enrollado con el viejo Ike. Mi mujer y yo separados. Me siento dispuesto a irme al Sur en busca del éxtasis ilimitado que se abre en vez de cerrarse como la droga. El éxtasis es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la libertad momentánea de las exigencias de la carne temerosa, asustada, envejecida. Tal vez encuentre en la ayahuasca lo que he estado buscando en la heroína, la yerba y la coca. Tal vez encuentre el fije definitivo».

En esos años, en el París de la posguerra y de la sociedad de consumo, actúa la International Situationiste y retoma los viejos proyectos de viaje urbano del inicio de la modernidad: el flâneur como personaje y la psicogeografía de De Quincey como bagaje teórico. La ciudad debe ser territorio subjetivo, dispuesto a la intervención, a la sorpresa, a la aventura. La ciudad es el espacio de la deriva, del détournement, contralenguaje, práctica de desenmascaramiento y crítica, apropiación revolucionaria, subjetiva del espacio público.

Todos estos viajes convergen en un punto, en señalar los límites sociales y económicos de la realidad y en plantear un proyecto para trascenderla. Prácticas de escapismo, de fuga del siglo, de apertura de las puertas de la percepción con vocación de arrojarse a aquello que exista al otro lado. Viajes que impregnan en esta época las páginas de la literatura de ciencia-ficción (Torres), que se encuentran en la base de las revoluciones del 68 y en la generación de sus imaginarios.
Si seguimos el recorrido de Ocaña por las articulaciones de El Dionisio moderno o la farmacia utópica veremos cómo, más allá de los pasajes de quelques personnes à travers d’une assez courte unité de temps que llevan de los movimientos juveniles sesenteros y setententeros a la fijación de una economía de la droga —asumida como una mercancía más del capitalismo de ficción, generadora de un consumo espectral del viaje y de su fantasma con el que cerraremos este texto—, se fragua, desde el mismo centro de los procesos bélicos del siglo veinte, otra tradición de exploradores de la conciencia ebria —Benjamin, Jünger, Huxley...— que extraen de las experiencias límites del yo, de sus viajes laberínticos, del éxtasis terrible de la guerra, una moral química y una ética estoica ante la muerte. Viajeros últimos del proyecto romántico, curtidos por la fatiga, no dejan de expresar sus temores ante los riesgos, los límites finales del road to the exceso, como explica Jünger: «El auténtico riesgo consiste en que uno abandona el tiempo, el espacio y la lógica, a la manera de los demonios, y luego no vuelve a encontrar la auténtica salida [...] Pero yo estoy convencido de que basta una única noche de embriaguez para modificar la constelación de nuestro destino –convencido, por tanto, de que esa noche puede tener repercusiones hasta en las más remotas lejanías. Eso es lo que subyace a los casos de locura que a veces vemos surgir tras un exceso en las drogas: uno ha abandonado el tren de la causalidad y ya no encuentra ningún enlace. Quién sabe en qué estación del Universo se ha quedado uno»

Una reflexión sobre el viaje y sus consecuencias, un temor de recorrer sendas que conducen a ninguna parte o la nostalgia por el lugar de partida, rompen con la visión utópica y proyectiva del viaje. Tiempo entonces de repliegues, de clausura. La melancolía del regreso tiñe esta vía muerta del tren de la ebriedad, uno de los destinos finales del recorrido bosquejado. El trance psicodélico no ha sido capaz de liberar al hombre y la química visionaria tampoco permite a los sujetos salir de su siglo, o acceder a formas más perfectas de conciencia. Las psicogeografías toman la forma de una red secundaria de ferrocarriles que, a punto de ser desmantelada, carece de funcionarios que atiendan en las ventanillas o revisores que organicen su tráfico. Son imaginarios de ruinas: los restos del naufragio con que parecen cerrarse las navegaciones psíquicas de la modernidad.
La otra articulación nos conduce al centro de un imaginario de la cultura de masas, con sus progresivas mitificaciones y sus utopías viajeras. Las “bajadas al moro”, los viajes a Holanda, pequeñas aventuras domésticas, inserciones en una globalizada economía sumergida, configuran a nivel planetario un verdadero turismo de las drogas que se articula siguiendo una idéntica lógica capitalista. Consumidores de sensaciones, consumidores de imaginarios, vagos lectores de los clásicos de la literatura interior, aprovechando las facilidades de unas cada vez más accesibles compañías de transportes, las nuevas búsquedas exteriores e interiores carecen de la mística y la utópica de los viejos proyectos (Gamella y Álvarez). Rutas nuevas en espacios y eventos, rutas de diseño minucioso y exacto, culturas hedonistas vaciadas de todo potencial subversivo y del anarquismo disolvente de sus predecesoras, ámbitos de turistas satisfechos de su condición. Las mayores aventuras permitidas en el seno de estos destinos, regidos también por sus ofertas, temporadas y fortunas, consisten en la decisión de formar parte de la maquinaria activa de dicho negocio y transportar peligrosos souvenires.

Surge una última figura con la que concluir el periplo. Se trata de trabajo del cineasta Joshua Marston María llena eres de gracia (2004) viaje iniciático de una joven colombiana que ejerce de mula en un vuelo Bogotá-Nueva York. La óptica de esta película no es desde luego la de la metrópoli importadora y sus imaginarios de cruzada —Traffic (2001)—. El punto de vista es el del país productor, su protagonista es una menor ejerciendo un papel en el proletariado de la narcoeconomía (nada tiene que ver con el narcoturismo metropolitano): no hay ideologización del fármaco, no hay moral hipócrita, hay sólo mano de obra mal pagada y demanda de un producto, explotación neocolonial y aceptación de arriesgar la propia vida un contexto de ausencia de oportunidades. El viaje es comercial, se inscribe con lucidez en su presente histórico y no intenta vivir de las rentas de su imaginario mítico.

Pero en esa lógica macroeconómica inapelable el viaje vuelve a ser depósito de un proyecto vital, de una posibilidad de redención personal ya sólo por el trabajo. María, doblemente embarazada, asume el peligro del viaje en una apuesta por la propia realización. No hay sueño americano, hay descarnada lucha por la supervivencia, dignidad del sujeto que decide tomar las riendas de un propio destino, individualidad radical en la apuesta de un proyecto de realización y cambio.


Germán Labrador Méndez



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